Volví, y esta vez, con Pascualina y su Sombra de la mano, que nos traen el segundo capítulo de
"El corazón de la Sombra"...
Un capítulo revelador, ya que descubriremos el significado del nombre que lleva esta historia.
Una vez más, gracias a todos los que siguen pasando por este mundo virtual, y se adentran en las aventuras de esta curiosa niña y sus amigos.
Previamente...
-Pero ¿soy la Elegida para qué?- atinó a
preguntar.
Un incómodo silencio inundó
el oscuro bosque.
El Ranseius continuó:
-Oscuro es humano. Y sólo
puede ser vencido por alguien de su misma condición.
(...)
-Acepto. Voy a detener a
ese brujo. (...)-¿Por dónde comenzamos?
-Conseguiremos los Zapatos
antes que él.
-Pero… ¿Sabés dónde
están?
-Están… perdidos, como ya
te conté.
Pascualina suspiró. Su
tarea iba a ser más complicada de lo que imaginaba.
Aquí, su continuación...
2. El corazón de la Sombra
El sendero recorría frondosas
arboledas, esquivaba laberintos de arbustos, nos invitaba a solitarias praderas
donde lo único que se oía era el canto del viento. Ascendía sin previo aviso
entre rocas o terrenos elevados, y nos veíamos obligados a seguirlo.
-Te repito, Elegida, que
el pueblo donde se crearon los Zapatos está abandonado.- El Ranseius dio
rápidos saltitos hasta detenerse frente a nosotros, su diminuto ceño fruncido.-
¿De qué nos servirá ir hasta allá?
-Puede que encontremos al
zapatero…- se esperanzó.
-Francamente, no creo que
así sea, señorita Pascualina.
-No soy Pascualina.-
gruñó la niña.- Soy Lina. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?
Resignada, la rana se
apuró a alcanzarla.
De pronto, el
zigzagueante camino se difuminó, dando lugar a un campo de amarillentos
pastizales. El soplido del viento parecía arremolinarse allí, azotándolos con
violencia. A unos metros de distancia, la aldea se alzaba con los techos de sus
humildes casas.
Permanecimos inmóviles,
sorprendidos.
-¿Qué ocurre?- inquirió la Elegida , sin dejar de
mirar el cielo. Gigantescas y grisáceas nubes apresaban la belleza del sol, que
se perdía en la oscuridad. El paisaje perdía su luz.
-¡Los siervos de Oscuro!-
chilló el Ranseius. Su diminuto cuerpecito tembló como una hoja.-
¡Escondámonos!
Y echó a andar, seguido
por Latia, que luchaba contra la agresiva corriente de aire. Tras un ademán,
indicó que lo siguiésemos.
-¡¿Qué quieren?! ¡¿Oscuro
ya sabe de mí?!
-¡Quiere tu Sombra!- se
oyó entre la ráfaga de viento.
-¡¿QUÉ?!- Pascualina se
dio la vuelta para verme; la negrura de los nubarrones me camuflaba, por lo
cual no me encontró. Al descubrir que la rana y Latia se hallaban lejos de
ella, se apuró a seguirlos.
Experimenté una
indescriptible alegría al sentir los ojos de mi dueña posados en los míos.
Un manchón negro cayó del
cielo, dividiéndose en gruesas y escalofriantes flechas que surcaron el campo a
gran velocidad, dejando un suspiro de niebla tras su paso.

Poco a poco, el viento
fue desapareciendo, las nubes se borronearon y el sol volvió a colorear al
paisaje. Los negros manchones sobrevolaron el aire iluminado hasta perderse de
vista, llevándose consigo todo lo malo que habían traído.
Aguardamos que la calma
reinase definitivamente para apearnos.
El Ranseius se nos acercó
y trepó sobre Pascua.
-¡Suerte que no te
descubrieron!
Pascua no podía quitarse
de la cabeza su advertencia.
-¿Dijiste que buscaban…
mi Sombra?
La criatura asintió.
-Si la obtiene,
conseguirá más aliados. Lo que acabas de ver son Sombras que quitó a las
personas. Mejor dicho, roba el brillo de las Sombras.
-Las sombras no tienen brillo…- Pascualina arqueó una ceja,
confundida.
-La tienen, pero no la
podemos ver. Es lo que los humanos conocen como corazón. Son el espíritu, la
vida representada en una silueta idéntica a la nuestra. Al perderla, la gente
también pierde parte de su esencia. Tras ser robadas, las Sombras se convierten
en lo que acabas de ver: algunos las llaman Sombras Negras, otros, Negruras; lo
cierto es que no son más que títeres del enemigo.
Oía con la misma atención
que lo hacía Lina, sin dar crédito a todo aquello. El asombro afloraba en mi
interior, acompasado por un latido extraño, que nunca antes había sentido.
¿Sería eso el brillo? ¿Mi brillo?
El Ranseius desvió su
mirada, buscando algo tras la Elegida. Supe que me observaban como realmente
era.
-No tengas miedo. Animáte
a salir.
Por primera vez, alguien
me hablaba.
Las frágiles alitas de
Latia me rozaron el hombro, produciéndome un indescriptible cosquilleo. Solté
una risita. Era el primer sonido que hacía después de tanto tiempo.
Ya no me sentía como un
fantasma.
Sin embargo, pronto me
detuve; Pascualina se asustó, pero la sonrisa del Ranseius la serenó.
-Debe ser raro interactuar
con tu propia Sombra. Es el reflejo de vos misma.
-Ho… Hola.- dije, sin saber
muy bien cómo actuar. Me resultaba extraño hablar, y más aún escuchar mi propia
voz.
-Sorprendente…-
Pascualina rozó con sus dedos mi cara, mi pelo, mis hombros…- ¡Sos igual a mí!-
admitió, sonriendo. Le parecía mágico ver su propia silueta frente a ella, tan
pura, tan inocente, tan tímida.
-Y vos sos igual a mí.-
respondí entre titubeos. Acostumbrado a escuchar las voces y el lenguaje
humano, sabía cómo responder, aunque me costaba un poco hacerlo.
-No son iguales.- rió el Ranseius.- Son uno solo.
De pronto, la figura
azulada de Latia se recortó sobre el dorado pastizal y enfiló hacia la
silenciosa aldea, recordándonos por qué habíamos viajado hasta allí.
Sin saber muy bien el
motivo, sonreímos al mismo tiempo.
Historieta:
¡Hasta el próximo capítulo!
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